viernes, 10 de abril de 2026

Se me están yendo las palabras


Vengo a confesar que, sin notarlo, estoy perdiendo cosas que luego descubro que son necesarias para recuperar recuerdos, describir imágenes o atrapar sentimientos. Y no, no se trata del ausentarse de objetos, ideas o personas, sino del alejarse de la capacidad para describirlos íntegramente, al ver que las palabras necesarias, cansadas de permanecer arrumbadas, decidieron esfumarse.

Se van y las extraño, al rebuscarlas para cortejarlas, rumiarlas, extraer su savia, exprimirlas, obtener sus colores y matizar con ellos las oraciones contenedoras de ideas y angustias. Las añoro para vestirme de ellas y esconder la simpleza de mi pensamiento. Las convoco para usarlas como catapulta y asestar certeras pedradas a enemigos imaginarios.

Las necesito para protegerme del frío durante la noche y ocultarme de fantasmas y demonios, arrebujado entre sábanas, esperando que el sopor se haga modorra y que esta se vuelva sueño profundo. Las necesito para procurarme sombra entre los arbolados de la ciudad, caminar bajo la garúa o resguardarme bajo algún techo de zinc mientras se aleja la lluvia.

Sin las palabras olvidadas, se me hace imposible justificar por qué los cajones están rebozados de artilugios inútiles y por qué las alacenas están llenas de cachivaches y trastos que se negaron a ser basura, recordándome que esperan que les encuentre un buen uso o la ocasión de convertirse en el regalo que los traslade a repletar la alacena de algún pariente.

Sin el sabor de las palabras viejas, los insultos se vuelven insulsos. Pronunciarlos deja de alarmar a quien los escucha. Su intención se hace vulgar por repetida y simplona, perdiendo su valor procaz y colorido. Los insultos anodinos carecen del filo que necesito para zaherir maledicentes, zanjar disputas y deshacer entuertos. Sin las palabras antiguas, soy incapaz de soltar un “atembado” a bocajarro, deshilachando la vestidura del despistado de turno o de investir de “metiche” a la vecina curiosa; menos, dispararle un “esperpento” bien vocalizado al remedo de poeta elegante que se da de labioso orador o profeta de infortunios.

Sin las palabras que me olvidan, soy incapaz de escribir con condumio; por eso, reconozco en ellas el tamiz que filtra mi ira, mi alegría o mis lágrimas para convertirlas o en silencio o en alharaca. En las palabras encuentro el mecanismo que valida mi habitar el mundo, me permite disfrutar el nombrarlo y me facilita el reconocer su complejidad. Defenderlas es pronunciarlas en voz baja o gritarlas, colocarlas en el sitio correcto al escribirlas y, hechas oraciones, publicarlas en el momento en que necesito compartirlas, tal y como sucede hoy.

Es por eso que me resisto a dejarlas ir del todo.


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